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Bolivia en 10 expresiones

Desde las cholitas al maravilloso Salar de Uyuni, te presento 10 expresiones sobre Bolivia que te harán desear viajar allí en tus próximas vacaciones o, al menos, soñar con ello.
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ESCRITO POR Aniko Villalba
Bolivia en 10 expresiones

Ilustraciones de Daniela Jiménez

Bolivia fue el punto de partida de mis diez años de viaje por el mundo. La hospitalidad de su gente me inspiró a viajar sola en busca de historias y sus paisajes me demostraron que hay lugares en el mundo que parecen salidos de otro planeta. Estas son las 10 cosas que se me vienen a la mente cuando pienso en mis tres viajes a Bolivia.

Uyuni

Cuando todavía vivía en Buenos Aires y vi fotos del Salar de Uyuni, supe que tenía que ir a conocer ese desierto blanco. Unos meses después me fui de mochilera con un grupo de amigos por el norte argentino y por Bolivia. Como nos quedaban pocos días y nadie quería acompañarme a conocer el Salar, decidí ir por mi cuenta. Tenía 20 años y era la primera vez que viajaba sola. Llegué al pueblo de Uyuni de madrugada, recorrí el Salar ese mismo día en una 4×4 y esa noche me subí a un tren para reencontrarme con mis amigos. Fue una decisión que me cambió la vida: después de esas 24 horas en Uyuni supe que quería pasar mi vida viajando.

Hospitalidad

El viaje de vuelta en tren de Uyuni al norte argentino duró toda la noche. Cuando me desperté, vi que alguien me había cubierto con una manta. La chica que estaba sentada frente a mí me dijo que me había visto temblando de frío durante la noche. Tardé unos segundos en darme cuenta de que me había tapado con la frazada de su bebé recién nacido. La chica y yo teníamos la misma edad, compartimos ese tramo del viaje en tren y nunca más la vi. Su gesto, tan simple y humano, me inspiró a seguir viajando por el mundo en busca de experiencias como esa.

Expresiones bolivianas

Otro planeta

Los paisajes de Bolivia me parecen de otro planeta. Dicen que el país tiene todo menos mar y en ese “todo” entran vistas que no encontré en otros lugares del mundo. Viajé tres veces a Bolivia y en mis tres viajes volví a Uyuni. La segunda vez fui con más tiempo y recorrí los alrededores del Salar en una 4×4 durante 3 días. Vi lagunas turquesas y rojas, flamencos del Altiplano, géisers al amanecer, un cementerio de trenes, una isla repleta de cactus y el cielo reflejado sobre el agua.

Sorochi

En Bolivia viví muchas cosas por primera vez. Nunca estuve tan cerca del cielo como cuando caminé por Potosí, ciudad construida a más de 4000 metros sobre el nivel del mar. El altiplano boliviano, en donde pasé la mayor parte de mis viajes por el país, me generó algo que nunca antes había experimentado: el sorochi o mal de altura. Me mareé, sentí que se movía el piso y me faltó el aire en cada subida. Pero gracias al sorochi aprendí a hacer las cosas con más calma, a no apurarme para llegar y a respirar con conciencia. “Andar despacito, comer poquito y dormir solito”, sugieren en Bolivia para evitar el apunamiento.

Titicaca

Hoy es uno de los lugares más visitados del país, pero la primera vez que lo vi, hace ya once años, sentí que había llegado a mi lugar en el mundo. El lago Titicaca está a más de 3800 metros sobre el nivel del mar, compartido entre Bolivia y Perú, y es el lago navegable más alto del mundo. Para los incas era sagrado. Llegué en bus a Copacabana desde La Paz y cuando metí los pies en el agua azul y fría del Titicaca pensé en alquilarme una habitación y quedarme ahí para siempre, escribiendo historias con vista a la bahía de Copacabana.

Las curiosidades de Bolivia

Raíces

En mi segunda visita a Bolivia decidí descender (un poco) de las alturas y cambiar de paisaje, así que me fui a conocer las yungas, una región de selva en los Andes centrales. En Tocaña conocí a una pequeña comunidad afroboliviana que vive entremedio de cultivos de coca, café y frutas tropicales. Al ver el orgullo que sentían por su origen y el cuidado que hacían de sus costumbres, por primera vez empecé a reflexionar acerca de mis propias raíces y a preguntarme por la tierra de mis abuelos.

Alasitas

Una de mis visitas a Bolivia coincidió con la época del año en la que uno puede comprar todo lo que sueña por pocas monedas: un auto, una casa, un título universitario, un trabajo nuevo, un viaje, una pareja y hasta un divorcio. Eso sí, todo viene en tamaño miniatura. La Feria de las Alasitas se celebra durante un mes en La Paz y la creencia es que si uno compra la versión miniatura de su sueño, a lo largo del año se hará realidad. El ekeko, dios de la abundancia, se encargará de que eso pase.

Vida callejera

Una de las cosas que más me gustan de Bolivia es la vida que hay en sus calles: los puestos de los mercados ocupan manzanas enteras, las mujeres confeccionan los trajes para carnaval en sus tiendas a puertas abiertas, en las veredas se venden frutas, verduras, tamales y humitas. Me recuerda a la vida callejera que hay en el Sudeste Asiático, aunque el aire fresco del Altiplano le da una capa de silencio a la vida cotidiana. Aún así, basta una sonrisa para que la gente salude y entable conversación con los viajeros.

Las cholitas bolivianas

Cholitas

Me llamaron la atención desde la primera vez que las vi. Iban vestidas con faldas de colores brillantes hasta los tobillos, enaguas, chales bordados, zapatitos bajos, bombines verdes o negros, aretes y trenzas hasta la cintura. Algunas cargaban a sus bebés en las espaldas, envueltos en telas de aguayo. Esas mujeres son las cholitas, indígenas aymaras y quechuas de Bolivia. Hasta hace diez años, eran discriminadas y marginadas de la sociedad (tenían prohibido usar el transporte público, por ejemplo, o acceder a ciertos espacios), hoy sus derechos se reconocen y su vestimenta inspira movimientos de moda.

Ahicito nomás

“En Bolivia las distancias se miden en milímetros, centímetros, metros, cuadras, kilómetros, hectómetros y… ahicito nomás”, me dijo un viajero argentino que conocí en Copacabana. “Ahicito nomás” es una de mis expresiones favoritas, me recuerda al “ahorita que se usa en varios países de América Latina, y me recuerda, también, que el español es un idioma tan moldeable que en un diminutivo pueden entrar varias horas de caminatas.

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